Powered By Blogger

Un espacio para reflexiones

lunes, 23 de agosto de 2010

Redistribución de las rentas


En los textos de economía se suele considerar que los factores productivos se clasifican de acuerdo a sus retribuciones en 4 grupos a saber: Tierra, Trabajo, Capital y Empresa, siendo sus remuneraciones la renta, el salario, el interés y el beneficio. En el rubro Trabajo se incluye a todas las personas que efectúen alguna actividad, sean obreros, empleados, directivos e incluso empresarios, en la medida que efectúen un trabajo y a su retribución se la denomina genéricamente salario. Al Capital le corresponde una remuneración llamada interés y la Empresa recibe una retribución denominada beneficio, que depende fundamentalmente del riesgo que asume el empresario. Por último tenemos el factor Tierra (libre de las mejoras realizadas por el hombre, que deben asimilarse a Capital) que en realidad es un don de la naturaleza, anterior a la actividad humana. La retribución que el propietario recibe por su tenencia (no por su trabajo, inversiones o riesgo), recibe el nombre de renta económica, que no debe confundirse con la acepción corriente de renta como producto de inversiones.

El pueblo judío, aproximadamente en el año 1300 AC, sale de Egipto y luego del éxodo por el desierto, conquista el territorio de Israel y reparte las tierras entre todo el pueblo. Como considera que la tierra es un don de Dios y en aras de evitar que se especule con la misma, establece el jubileo, que obligaba a devolver la tierra a su primitivo dueño o a sus herederos cada 50 años, según consta en la Biblia, en el libro Levítico, capítulo 25. Si bien no sabemos hasta que punto se cumplió esta regla, nos llama la atención que la propiedad de la tierra fuera privada (no comunitaria) y que se permitieran las transacciones entre los bienes en general, pero que se le diera un tratamiento especial a la tierra, a fin de evitar su acumulación en pocas manos, basándose en que la misma es un don de Dios.

Los fisiócratas, economistas liberales de la época de Luis XVI liderados por Quesney, consideraron que la tierra producía un excedente que denominaron “produit net” y estimaron que era el único factor al que se le debía aplicar impuestos. El economista inglés David Ricardo estudió en 1815 lo que denominó “renta diferencial” al considerar la diferencia de productividad de dos parcelas de tierra trabajadas en las mismas condiciones. Un ligero análisis nos muestra que aun considerando una única parcela aparece la renta. Un arrendatario, trabajando eficientemente una parcela, obtiene un ingreso que considera razonable para sí, más un plus que le permite abonar el arrendamiento. El valor del arrendamiento equivale a la renta de dicha parcela, que es distinta del interés del capital. El interés que reditúa un capital dado es igual a:

Interés = Capital x tasa de interés del mercado.

En cambio la tierra (libre de mejoras) no tiene un valor en si misma, pero su productividad y ubicación generan una renta que le permite al dueño capitalizarla a la tasa de interés del mercado y determinar su valor de venta. O sea que la renta obtenida es el dato y el valor de la parcela el resultado; La fórmula será ahora:

Valor tierra = Renta / tasa interés.

Si se aplica a la tierra un impuesto que absorba gran parte de la renta, el valor de la misma tenderá a disminuir considerablemente y se hará más accesible al campesino capaz, pero de poco recursos. Igualmente promoverá la venta de latifundios improductivos que se tornarán antieconómicos. La redistribución de tierras se lograría así sin expropiaciones o confiscaciones y se orientaría automáticamente hacia los productores más eficientes, aumentando la productividad del agro. Lógicamente este proceso se debería implementar progresivamente, pero “sin prisa y sin pausa como la estrella” de modo que las modificaciones patrimoniales pasen desapercibidas y solo adquieran magnitud con el transcurso del tiempo.

Economistas posteriores extendieron el concepto a las rentas derivadas de la ubicación, mejoras de infraestructura, urbanización, etc. Hacia 1880, el economista norteamericano Henry George propuso el impuesto único a la tierra libre de mejoras, a fin de absorber las renta y cubrir con ellas las necesidades del Estado, creando el movimiento georgista, de gran difusión en su momento. En nuestro país aunque con una finalidad distinta, Rivadavia implementó la enfiteusis cediendo tierras fiscales mediante el pago de un canon adecuado. El sistema se acercaba al impuesto a la renta de la tierra, pero fue desvirtuado por la disminución del canon y la entrega de tierras ganadas al indio y hacia 1860 desapareció.

Hoy se acepta que otras actividades reciben por razones especiales una mayor retribución que la corriente como en los casos de los monopolios, demandas extraordinarias, ganancias eventuales, mejoras de infraestructura, aptitudes especiales requeridas por la sociedad, etc. En general la renta aparece cuando el aumento de la demanda no puede ser satisfecho porque la oferta es inelástica (escasa). En realidad todos los factores productivos pueden recibir, en determinadas circunstancias, un plus similar a la renta de la tierra, que pueden capitalizar en la medida que la renta sea más o menos permanente.

Muchos economistas definen la renta como “el exceso de remuneración recibida por un factor por encima de lo necesario para mantenerlo en servicio”. Es decir por encima de lo que el propio factor admitiría como retribución razonable, si no se dieran las circunstancias especiales del mercado. Aceptando que la renta sea una retribución distinta del interés o del beneficio, la cuestión es determinar a quien le corresponde la misma

En un sistema comunista puro, el individuo recibe únicamente su salario, y los intereses, beneficios y rentas, considerados como plus valía, son apropiados por el Estado. En una economía dirigida, más o menos socializada, la retribución de los factores se modifica porque el Estado redistribuye sus remuneraciones con un cierto criterio social. La economía liberal clásica en cambio considera legítimo que los productores e inversores se apropien de los intereses, beneficios y rentas, aunque le preocupe los conflictos producidos por las grandes diferencias sociales.

Sin embargo, si definimos como economía liberal aquella cuyo marco jurídico garantiza una amplia libertad, con pocas regulaciones, simples y generales (no particulares o discriminatorias), podría incluir un sistema donde los factores productivos reciben libremente el producto de su actividad, sea salario, interés o beneficio, pero no las rentas que no necesariamente les corresponden.

Siendo las rentas excesos de remuneraciones recibidos por algunos factores, (sea la renta de la tierra libre de mejoras, las ganancias extraordinarias, la obtenida por un artista destacado, etc.), que se deben fundamentalmente a una valoración social, ese mayor valor pertenecería a la Sociedad y se justificaría su absorción por medio de impuestos, para posteriormente redistribuirlos en programes sociales de educación, vivienda o salud.

Siguiendo la tendencia de los países más avanzados, deberían disminuirse los impuestos indirectos (IVA, ingresos brutos, aduaneros) que son regresivos por transmitirse igualmente a todos los consumidores. En cambio deben incrementarse los impuestos directos (ganancias, bienes personales, renta potencial de la tierra) que tienden a absorber las rentas que reciben las clases de mayor nivel económico

Aplicando el producto de las rentas a programas sociales en beneficio de personas o de regiones de menores ingresos y utilizando reglas simples y generales propias del liberalismo, se podría conjugar un capitalismo liberal con una suerte de socialismo impositivo, donde se combinen eficiencia y equidad social. Muchos países europeos, sobretodo los nórdicos han avanzado en ese sentido.

Pero más allá de la solidaridad de los grupos comunitarios de ayuda, cuya obra es muy loable o la obligación del Estado de proteger a los más necesitados, existe un derecho de las clases o regiones de menor nivel económico de participar en la distribución de las rentas, dado que ellos contribuyen al incremento de la demanda que genera la renta. Con ese criterio se podría agregar al concepto de “Redistribución de los ingresos” el de “Reintegro de las rentas” No se trataría ya de ayudar al necesitado por solidaridad o equidad social sino de restituirle lo que por derecho le corresponde.

Mario A. Hertig

Hertig@ciudad.com.ar

Julio de 2008

martes, 10 de agosto de 2010

Jubilaciones II

Últimamente en el Congreso Nacional se inició el debate sobre las jubilaciones, expresándose el deseo de actualizarlas abonando el 82 % e indexando automáticamente los valores con el índice de inflación, pero surgen dudas sobre las posibilidades reales de abonar dichos montos con los recursos propios de Anses, sin apelar a rentas generales.

Aunque se utilizaran los fondos actuales de Anses únicamente para abonar jubilaciones y se pagaran jubilaciones a quienes no hicieron los aportes necesarios con fondos de rentas generales, la ecuación jubilatoria no cerraría con los parámetros actuales.

Es posible que sea políticamente inconveniente, pero no quedaría más remedio que ir modificando algunas de las variables que mencionamos en nuestro artículo anterior, como ser aumentar paulatinamente la edad jubilatoria a 70 años y exigir 40 años de aportes, claro está que estas variaciones deberían realizarse por etapas y considerando las situaciones especiales.

El aumento de los aportes patronales podría traer consecuencias negativas para la economía y el de los aportes personales implicaría una rebaja de los sueldos. En cambio es un hecho que la perspectiva de vida ha aumentado en los últimos años y una persona sana puede trabajar perfectamente hasta los 70 años, sobre todo en su especialidad y no hay razones para limitar los aportes a 30 años. Modificando progresivamente tanto la edad de jubilación como los años de aportes, es posible que se pueda llegar a un equilibrio entre ingresos y egresos de Anses que garantice el pago del 82 % que se desea y que se indexe automáticamente el valor con el índice de inflación.

Mario A. Hertig

hertig@ciudad.com.ar

Julio de 2010

domingo, 1 de agosto de 2010

De capítulos y versículos

La Biblia fue escrita originalmente en 2 idiomas, el Antiguo Testamento en hebreo (salvo algunos cortos pasajes en caldeo) y el Nuevo Testamento en griego. Se trataba de manuscritos, generalmente rollos de papiro escritos en forma corrida, prácticamente sin divisiones. Si bien no existen manuscritos originales se han encontrado miles de copias cuidadosamente realizadas, que debidamente cotejadas permiten conocer los textos originales. En un principio se los denominaba como las Escrituras y solo siglos después comenzó a denominársela como la Biblia, término proveniente del griego “biblion” que significaba libro.

Los manuscritos hebreos más antiguos del Antiguo Testamento conocidos son del siglo VIII DC y los griegos del Nuevo Testamento del IV DC. La Versión de los Setenta del Antiguo Testamento existente (que fue traducida al griego hacia el año 277 AC) es del siglo IV DC. Entre los manuscritos más antiguos podemos mencionar el Códice Vaticano, el Códice Sinaítico y el Códice Alejandrino. La Vulgata fue traducida por San Jerónimo al latín vulgar alrededor de 382 DC, y adoptada por el Concilio de Trento en 1546 como la versión oficial de la Iglesia Católica. El descubrimiento de los rollos del Mar Muerto en Qumram permitió tener la mayor parte del Antiguo Testamento, salvo el libro de Ester, en manuscritos del siglo II AC.

La Biblia en castellano más antigua que se conserva, anterior a la invención de la imprenta, es la Biblia Alfonsina traducida hacia 1260 por orden de Alfonso el Sabio, pero no tuvo mayor difusión. En 1543 aparece el Nuevo Testamento traducido por Francisco de Encinas, en 1556 el Nuevo Testamento traducido por Juan Pérez y finalmente en 1569 la Biblia del Oso de Casiodoro de Reina, que fue la primera Biblia completa impresa en castellano. Esta Biblia fue revisada por Cipriano de Valera, dando origen en 1602 a la Versión Reina-Valera, la única utilizada por los evangélicos de habla castellana durante muchos años.

Como se hacía difícil encontrar determinados pasajes Esteban Laugton (que llegó a ser arzobispo de Canterburry), en 1226 procedió a dividir los libros de la Biblia en capítulos. Gutemberg inventor de la imprenta, luego de imprimir el Misal de Constanza en 1449, publicó la Vulgata en 1456. La Biblia traducida por Lutero al alemán en 1530 estaba dividida solo en capítulos. Posteriormente el editor Robert Estiennes (influenciado por los estudiosos judíos llamados masoretas que dividían ya en los siglos IX y X el texto hebreo del Antiguo Testamento) en 1551 dividió la Biblia en capítulos y versículos. La primera Biblia impresa con capítulos y versículos fue la llamada Biblia de Ginebra publicada en Suiza en idioma inglés en 1560, en la que intervinieron Calvino y Knox. Pronto todas las traducciones de la Biblia aceptaron estas divisiones, que perduran hasta hoy.

La Biblia (sin incluir los libros deuterocanónicos), consta de 66 libros, 39 en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo. En total tiene 1189 capítulos, 929 en el Antiguo y 260 en el Nuevo Testamento, siendo el más corto el Salmo 117 con 2 versículos y el más largo el Salmo 119 con 176 versículos. Entre ambos se encuentra el salmo 118, que según algunos es el capítulo central de la Biblia. El total de versículos seria de 31.103, 23.145 en el Antiguo y 7.958 en el Nuevo Testamento (Estos valores pueden variar ligeramente `porque algunos versículos como Mateo 17:21 o 18:10 no se encuentran en todas las versiones).

El versículo central de la Biblia sería Salmo 118:9, cuyo número curiosamente coincide con el total de capítulos o sea 1189 y según versiones circulantes por Internet, estaría situado en el capítulo central de la Biblia el Salmo 118. Se trataría de una coincidencia extraordinaria, pero es fácil verificar en cualquiera de las versiones de la Biblia, que el capítulo central, o sea el capitulo número 595, es el Salmo 117 y no el 118. No sabemos a que se debe esa discrepancia, de cualquier modo la coincidencia permanece parcialmente entre el versículo central de la Biblia, Salmo 118:9 y el número total de capítulos 1189.

Sin embargo lo notable es el contenido de dicho versículo: Es mejor confiar en el Señor que confiar en los poderosos, que es uno de los mensajes centrales de la Biblia. Podría argumentarse que es más importante presentar el evangelio redentor de Jesús, en el cántico celestial anunciando al mundo la buena voluntad de Dios para con los hombres en Lucas 2:14, en la síntesis que representa Juan 3:16, Porque de tal manera amo Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el cree, no se pierda, más tenga vida eterna, o en la carta de Pablo en Efesios 2:8 Por gracia sois salvos por la fe, sin olvidar el Sermón del Monte y muchos otros versículos trascendentes.

Pero el hecho es que el Antiguo Testamento es más extenso que el Nuevo y por lo tanto el medio de la Biblia está en el Antiguo. Y el espíritu que campea en la mayor parte del Antiguo Testamento es precisamente la Confianza que el hombre debe poner en Dios, tal como lo expresa Salmo 118:9.

Mario A. Hertig

Hertig@ciudad.com.ar

Julio de 2010

viernes, 23 de julio de 2010

Reflexiones sobre el Matrimonio


La Real Academia Española define al matrimonio como “Unión de un hombre y una mujer conformada mediante determinados ritos o formalidades legales” El diccionario Salvat expresa: “Institución social por la que un hombre y una mujer se unen al objeto de constituir una familia - Contrato bilateral entre dos personas de diferente sexo, encaminado a establecer una comunidad de vida – Sacramento instituido para establecer la unión permanente entre hombre y mujer”

El diccionario Sopena dice más o menos lo mismo, agregando casos especiales como matrimonio canónico, civil, morganático y otros y luego se refiere al matrimonio entre los hebreos, griegos, romanos, germanos y cristianos, pero no menciona en absoluto la homosexualidad. En las sociedades antiguas en general encontramos referencias a la homosexualidad, pero no ligadas al matrimonio.

La Biblia expresa “El hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su esposa y los dos llegan a ser como una sola persona” (Gn. 2,24). En el Nuevo Testamento encontramos la misma frase dicha por Jesús en los Evangelios (Mt. 19,5 y Mc. 10,7-8) y por Pablo en su carta a los efesios (Ef. 5,31). Solón, el gran legislador de Grecia, definió el matrimonio como ”una sociedad intima entre un hombre y una mujer cuyo fin es formar una nueva familia, disfrutando ambos de un cariño recíproco”

Podrá parecer una cuestión semántica, pero cada palabra tiene su significado y matrimonio es la unión de un hombre y una mujer para formar una familia, Cualquier otro tipo de unión debe utilizar otra expresión como sería unión civil.

En el pasado reciente la moral estaba en cierto modo disociada. La sociedad no admitía oficialmente las películas eróticas, las malas palabras, las vestimentas audaces y padres e hijos solo hablaban elípticamente de cuestiones sexuales, pero la realidad era diferente. Por eso se decía que era pacata o hipócrita. Hoy la sociedad se pasó de revoluciones, de las prohibiciones a la permisividad total y ya no sabe que hacer para parecer más avanzada. Se introdujeron las malas palabras y las películas subidas de tono en los medios, la televisión no tiene límites y así todo ¿Por qué no avanzar con el orgullo gay y el matrimonio homosexual?

Una ley promoviendo la unión civil con los mismos derechos que los que tiene el matrimonio (excepto la adopción que merece un estudio mucho más profundo), pero sin la utilización de las palabras clásicas como matrimonio, cónyuges o contrayentes, hubiera sido una solución más adecuada porque otorgaba los derechos legales a que aspiraban, pero sin lesionar el concepto de matrimonio o de familia. Se habría apelado a una diferencia que los homosexuales aceptaron al proclamar el orgullo gay, pero no discriminado legalmente.

Todos los derechos tienen sus limitaciones, en el caso del matrimonio el sexo de los contrayentes, la edad, la eventual consanguineidad o el número de personas y con ese criterio no se admiten las uniones incestuosas o poligámicas. La unión civil podría tener limitaciones diferentes lo cual no implica discriminación.

Aunque aparentemente el matrimonio homosexual no afecta a las demás personas, contribuye al deterioro del concepto de familia que se observa en los últimos tiempos. La familia es uno de los pilares fundamentales de una Sociedad bien constituida y sería deseable que se buscara la forma de fortalecerla.

Mario A. Hertig

Hertig@ciudad.com.ar

Julio de 2010

miércoles, 26 de mayo de 2010

Revolución o Evolución

Desde principios del siglo pasado se fue generalizando la idea de medir la producción total de bienes y servicios de una nación y los ingresos de sus habitantes por el Producto Bruto Nacional y su equivalente en términos numéricos, el Ingreso Nacional. Si dividimos ese valor global por el número de habitantes obtendremos el Ingreso Nacional per cápita que representa el nivel de vida promedio de la población. Pasando ese valor a dólares, podemos hacer comparaciones entre el nivel de vida de los distintos países. Por más que los criterios empleados se perfeccionen, los resultados distan de ser exactos, máxime si se pasan a dólares, porque el valor del dólar de cada país puede estar sobre-valuado o sub-valuado. A pesar de ello, es el mejor método para comparar el nivel de vida promedio de las naciones.

Sin embargo estos valores no nos dan una idea de la distribución de las riquezas entre los distintos estratos sociales. Hay países muy ricos con una pésima distribución y países pobres con una distribución aceptable. En general notamos que en los países más desarrollados, a la par que afirmaron el sistema democrático de gobierno, lograron una mejor distribución de las riquezas, o por lo menos que la franja más pobre de la población tenga un nivel razonable. Es difícil establecer una norma adecuada para medir la equidad de la distribución de las riquezas, pero continuamente se realizan estimaciones que a pesar de los diferentes criterios empleados, pueden darnos una idea bastante aceptable.

A principios del siglo pasado Argentina no solamente era un país con uno de los mejores niveles de vida del mundo, sino que las diferencias entre los estratos sociales no eran muy grandes. A ello se debió el torrente inmigratorio que buscó en esta tierra mejorar su nivel de vida paupérrimo, cosa que en general logró. Pero nuestro país no solamente ha quedado fuertemente relegado en las estadísticas de nivel general de vida sino que también se ha deteriorado en la distribución de las riquezas. Las llamadas villas de emergencia aumentan continuamente y la marginalidad ha alcanzado un nivel incompatible con una nación civilizada.

En realidad el problema de la inequidad en la distribución de las riquezas es mundial y a través del tiempo han aparecido numerosas propuestas como el anarquismo, el comunismo, el Estado benefactor, etc. Pero el problema subsiste y las manifestaciones de protesta aumentan.

Ultimamente tenemos el problema de los “piqueteros” que obstruyen puentes y caminos. La sociedad reacciona por su tono amenazante y las molestias que causan, aunque reconoce que detrás de ellos hay un problema grave sin resolver. Al igual que los “cacerolazos” de hace unos años, son manifestaciones más o menos violentas que se unen en la protesta pero que carecen de un contenido preciso. A lo sumo por la presión ejercida consiguen algunas conquistas sociales, que pronto son neutralizadas por otras medidas.

La historia nos presenta numerosas revoluciones, con sus secuelas de violencia y autoritarismo, muy bien inspiradas que, aun triunfantes, no lograron sus objetivos. Vayan como ejemplos la revolución francesa que desembocó en el imperio napoleónico y la restauración monárquica, o el comunismo soviético que, tras gobernar dictatorialmente durante más de 7 décadas, finalmente colapsó.

El progreso de la humanidad se debió fundamentalmente a procesos evolutivos, que rindieron frutos en la medida que perseveraron en sus objetivos. El lento avance hacia la democracia, si bien alterado muchas veces por revoluciones violentas, fue más el producto de ideales moderados que poco a poco ganaron la conciencia de los pueblos.

Las diferencias sociales siempre existieron, pero paradójicamente estas aumentaron con la civilización. Una mayor equidad en la distribución de las riquezas solo se logrará cuando haya una conciencia generalizada de que la pobreza y la marginalidad no son compatibles con nuestra cultura. Pero no con sistemas totalitarios que eliminan las libertades o con revoluciones que suelen llevar a dictaduras discrecionales. Tampoco con un excesivo intervencionismo estatal, generalmente ineficaz y que cae fácilmente en la demagogia o el populismo.

Sin perjuicio de resolver de inmediato los problemas urgentes de la pobreza extrema y la marginación social, debe buscarse otras soluciones, más evolutivas que revolucionarias. Europa occidental, especialmente los países nórdicos pueden señalarnos el camino. En nuestro país deberían reemplazarse los altos impuestos indirectos (como el I.V.A que pagan todos por igual pero que afecta mucho más a las clases más bajas) por impuestos directos (como los impuestos a las ganancias, al patrimonio o a la renta de la tierra, que recaen en las clases más altas). Volcando esos impuestos a la salud, la educación y obras sociales en general, se lograría una sociedad más equitativa. Cubiertas las necesidades básicas, la mayor educación permitiría a las clases postergadas mejorar sus ingresos en una suerte de círculo virtuoso.

Una medida aparentemente tan simple como cambiar los impuestos, puede tener un efecto enorme en la distribución de las riquezas, pero para que sea eficaz y no despierte resistencias insuperables, no debe aplicarse con criterio revolucionario sino ser el fruto de una evolución lenta pero constante, aunque necesite muchos años para alcanzar la meta propuesta.

Las personas en general aceptan su nivel patrimonial como natural y aspiran en lo posible a mejorarlo, pero se resisten fuertemente a cualquier quita compulsiva. Por lo tanto una redistribución efectiva solo puede lograrse si se aplica progresivamente “sin prisa y sin pausa, como la estrella” de tal manera que las modificaciones patrimoniales pasen desapercibidas y solo adquieran magnitud con el transcurso del tiempo. Claro que una evolución social basada en un esquema impositivo determinado, requiere que previamente se cree una conciencia firme sobre el cumplimiento de la ley en general y de los impuestos en particular. Igualmente se necesita de una reforma del Estado que ajuste sus gastos a las necesidades reales del pueblo y evite el populismo

El capitalismo genera riquezas que se reparten entre los distintos factores de acuerdo a normas establecidas que no necesariamente son las más equitativas. A causa de las situaciones monopólicas, condiciones especiales del mercado, limitación de las tierras disponibles, etc. se producen distorsiones que parecen naturales. Por lo tanto la redistribución de los ingresos por vía impositiva, que busca corregir esas situaciones anómalas, no debe considerarse como una dádiva sino como un reintegro de ingresos a las clases postergadas. Solo que no debe implementarse violentamente, sino que debe ser el fruto de una evolución lenta, pero firme y perseverante.

Mario A. Hertig

hertig@ciudad.com.ar

jueves, 20 de mayo de 2010

Jubilaciones

Para determinar el monto de las jubilaciones se utiliza una serie de variables como ser la cantidad de años en que se deben realizar aportes, el porcentaje del sueldo a aportar, la edad mínima para jubilarse, la probabilidad de vida de las personas, etc., llegándose a un valor que eventualmente podría cambiarse, modificando las variables mencionadas. Existe un consenso bastante generalizado que el monto jubilatorio debería ser igual al 82 % del sueldo promedio de lo últimos años, aunque ese porcentaje difícilmente se alcance.

Al crearse una Caja de jubilaciones es probable que las personas que estén en condiciones de jubilarse sean muy pocas con relación a los que se hallen trabajando y por lo tanto el total de los aportes jubilatorios sean muy superiores a las jubilaciones pagadas. Resulta entonces lógico que el Ente jubilatorio utilice el monto acumulado en inversiones seguras, para preservar el haber de los futuros jubilados.

Otro tanto podría decirse de las jubilaciones privadas donde se parte de la premisa de que los aportes jubilatorios siguen siendo propiedad de los aportantes y que incluso podrían pedir la devolución de dichos valores en lugar de acceder a la jubilación. Podría decirse que en esos casos donde se recibe lo que se aportó, existe en la relación entre aportes y jubilaciones un flujo pasado-futuro y que es razonable que el Ente jubilatorio invierta adecuadamente los fondos acumulados.

Pero no sucede lo mismo con las jubilaciones estatales comúnmente llamadas de reparto, cuando al cabo de varios años se llega a cierto equilibrio donde, si los cálculos se efectuaron adecuadamente, el total de aportes que se recibe en un momento dado sería equivalente al total de las jubilaciones que tendría que abonarse. En este caso el aportante no es dueño de ese dinero sino que adquiere un derecho a jubilarse en determinadas condiciones. Ahora el titular del dinero es el Ente jubilatorio, pero con la condición de abonar las jubilaciones en los valores pactados, que deberían ascender a un 82 %.

Si bien los cálculos del haber jubilatorio se efectúan sobre la base de los aportes realizados, el porcentaje a cobrar (que repetimos debería ser el 82 %), no debería depender del dinero depositado en el pasado por los jubilados, que podría haberse utilizado con otros fines, sino de los aportes actuales de los futuros jubilados. Es decir que ya no tendríamos un flujo pasado- futuro, sino un flujo presente-presente, intergeneracional, tanto recibe el Ente jubilatorio en aportes, tanto abona en jubilaciones. No tiene sentido decir que no se puede actualizar las jubilaciones porque las Cajas fueron esquilmadas en el pasado, salvo que se refiera al pago de retroactividades. El Ente jubilatorio debería utilizar la totalidad de los aportes recibidos en el presente en el pago de jubilaciones actualizadas, salvo una reserva adecuada y no utilizar los fondos en subsidios u otras inversiones.

La inflación es consecuencia de una perversa política económica que permite al Gobierno incrementar sus recursos. Las empresas se defienden de la misma incrementando los precios y los trabajadores reclamando aumentos de salario, pero los jubilados están indefensos. Por lo tanto la actualización de las jubilaciones de acuerdo a un índice adecuado debería efectuarse automáticamente; pero esa actualización debe incluir tanto los aumentos omitidos en los años pasados como la indexación por la inflación presente, sin necesidad de efectuar los numerosos juicios que hoy se encuentran en trámite, juicios que son muy onerosos, duran muchos años y crean una injusta desigualdad entre quienes logran un fallo favorable y quienes no están en condiciones de efectuar un juicio. La actualización de las jubilaciones es un acto de estricta justicia y es posible realizarla con los fondos existentes.

Mario A. Hertig hertig@ciudad.com.ar

jueves, 6 de mayo de 2010

Derechas e Izquierdas

Si bien los términos de Derecha e Izquierda se mencionaban en Oriente hacia el siglo VII, se supone que para designar las tendencias ideológicas en su acepción actual recién se usaron en la Revolución francesa. En efecto, en la Asamblea Nacional los girondinos, más conservadores, se ubicaban a la derecha, los moderados en el centro, y los jacobinos, más exaltados, a la izquierda.

Las ideas liberales de los revolucionarios de 1789 eran consideradas de avanzada y fueron difundidas por el mundo a través de las campañas napoleónicas. Aunque el liberalismo se refería fundamentalmente a la igualdad de oportunidades y a la igualdad ante la ley, incluía también las ideas económicas liberales heredadas de los fisiócratas. En la segunda mitad del siglo XIX con la aparición del socialismo utópico, del marxismo y del socialismo moderado, el liberalismo deja de ser de avanzada y es reemplazado por las reivindicaciones sociales, que ocupan el espectro izquierdista. En el siglo XX, a medida que los gobiernos se tornan más democráticos, van desapareciendo las monarquías absolutas pero paralelamente en algunos países se generan regímenes dictatoriales de distinto signo.

En ese entonces era fácil representar el espectro ideológico en forma lineal. A la derecha los grupos conservadores preocupados de mantener el statu-quo para defender su situación privilegiada, en el centro los partidos moderados que preferían reformas progresivas y a la izquierda los que pregonaban reivindicaciones sociales profundas. En general las derechas defendían la libertad económica y las izquierdas se inclinaban por una mayor intervención estatal. En la extrema derecha se ubicaban el fascismo y otras formas de dictaduras y en la extrema izquierda los socialismos revolucionarios como el comunismo. Curiosamente ambos extremos eran igualmente totalitarios.

Este enfoque aun es de uso corriente, pero algunos críticos lo consideran obsoleto porque la cuestión social ha calado hondo y hoy todos se ocupan de ella aunque no se haga mucho por resolverla. Los gobiernos conservadores tienen preocupaciones sociales, los socialistas aceptan las leyes del mercado y ambos una moderada intervención estatal. Por otra parte los regímenes parlamentarios, la representación proporcional e incluso el ballotage conducen a la formación de pequeños partidos políticos con ideas diversificadas que forman coaliciones de gobierno, donde el factor ideológico se diluye.

El término derecha ha sido anatematizado y son muy pocos los que se atreven a utilizarlo para sí. La izquierda si bien mantiene sus reivindicaciones sociales, se identifica más por sus ideas populistas, intervencionistas y anti-imperialistas. Quizá por ello el liberalismo prefiere ubicarse en la centro-derecha y el socialismo moderado en la centro-izquierda

Observando las naciones políticamente más evolucionadas notamos que tienen en común una serie de características que son independientes de las ideologías que sustentan. Estados Unidos prosperó por la gran estabilidad de sus instituciones y lo mismo ocurrió con la mayor parte de Europa después de la segunda guerra mundial. Otro tanto podría decirse de Canadá, Japón, Australia y Nueva Zelandia.

Todas ellas son naciones democráticas, donde se respeta la ley y las instituciones, la alternancia en el poder no modifica mayormente las condiciones económicas, existen políticas de Estado que se mantienen a través del tiempo, la acción social es más autentica y como consecuencia disminuyen las diferencias entre pobres y ricos, los trámites son en general más simples y los extremos ideológicos no gravitan mayormente. Sus gobiernos podrán ser más liberales o nacionalistas, privatistas o estatizantes, priorizar la seguridad y la libertad o bien la equidad social y el igualitarismo pero esas características solo serán matices dentro de una estabilidad general.

En cambio gran parte de los países de América, Asia y Africa tienen regímenes populistas o autoritarios, sean de derecha o izquierda, con políticas inestables, donde el respeto a la ley y a las instituciones es relativo, la acción social es clientelística o declamatoria, se evaden los impuestos, la corrupción suele ser grande, los gobernantes tratan de perpetuarse y los cambios son violentos.

Evidentemente la clasificación de las ideologías en derechas e izquierdas ya no representa adecuadamente la realidad como en el siglo pasado. Sería preferible agrupar las ideas políticas y los gobiernos de acuerdo a las consideraciones que hemos mencionado más arriba y que son hoy más importantes que ser de derecha o izquierda.

A modo de ejemplo citaremos los servicios públicos. En Estados Unidos suelen ser privados mientras que en Europa la mayor parte son estatales, pero ambos son igualmente eficientes. En nuestro país los servicios públicos originalmente privados se nacionalizaron, luego se los consideró ineficientes y se clamó por su privatización, se privatizaron pero no mejoraron, ahora se tiende a reestatizarlos sin tener en cuenta los altos costos que suponen los sucesivos cambios. Probablemente sea mejor que el Gobierno deje los servicios públicos como están, sean privados o estatales y se preocupen de controlarlos adecuadamente para que sean eficientes.

Por otra parte Chile, Uruguay y Brasil tienen gobiernos izquierdistas que se caracterizan por priorizar el orden y otras conductas atribuibles tradicionalmente a la derecha, en contraposición a otros países también izquierdistas, cuyos gobiernos populistas no logran solucionar el estigma de la pobreza

En una palabra, tendríamos por un lado a las naciones que enfatizan el orden, el respeto a la ley y a las instituciones, la alternancia en el poder, la estabilidad de las políticas de Estado, la acción social genuina, la transparencia de las gestiones, etc. en un grupo que podríamos denominar republicano y por otro a las naciones populistas, con gobiernos más o menos autoritarios o demagógicos, que practican una democracia imperfecta. Y los términos de derecha e izquierda solo representarían variantes dentro del esquema mencionado.

Mario A. Hertig

20/5/07