Desde principios del siglo pasado se fue generalizando la idea de medir la producción total de bienes y servicios de una nación y los ingresos de sus habitantes por el Producto Bruto Nacional y su equivalente en términos numéricos, el Ingreso Nacional. Si dividimos ese valor global por el número de habitantes obtendremos el Ingreso Nacional per cápita que representa el nivel de vida promedio de la población. Pasando ese valor a dólares, podemos hacer comparaciones entre el nivel de vida de los distintos países. Por más que los criterios empleados se perfeccionen, los resultados distan de ser exactos, máxime si se pasan a dólares, porque el valor del dólar de cada país puede estar sobre-valuado o sub-valuado. A pesar de ello, es el mejor método para comparar el nivel de vida promedio de las naciones.
Sin embargo estos valores no nos dan una idea de la distribución de las riquezas entre los distintos estratos sociales. Hay países muy ricos con una pésima distribución y países pobres con una distribución aceptable. En general notamos que en los países más desarrollados, a la par que afirmaron el sistema democrático de gobierno, lograron una mejor distribución de las riquezas, o por lo menos que la franja más pobre de la población tenga un nivel razonable. Es difícil establecer una norma adecuada para medir la equidad de la distribución de las riquezas, pero continuamente se realizan estimaciones que a pesar de los diferentes criterios empleados, pueden darnos una idea bastante aceptable.
A principios del siglo pasado Argentina no solamente era un país con uno de los mejores niveles de vida del mundo, sino que las diferencias entre los estratos sociales no eran muy grandes. A ello se debió el torrente inmigratorio que buscó en esta tierra mejorar su nivel de vida paupérrimo, cosa que en general logró. Pero nuestro país no solamente ha quedado fuertemente relegado en las estadísticas de nivel general de vida sino que también se ha deteriorado en la distribución de las riquezas. Las llamadas villas de emergencia aumentan continuamente y la marginalidad ha alcanzado un nivel incompatible con una nación civilizada.
En realidad el problema de la inequidad en la distribución de las riquezas es mundial y a través del tiempo han aparecido numerosas propuestas como el anarquismo, el comunismo, el Estado benefactor, etc. Pero el problema subsiste y las manifestaciones de protesta aumentan.
Ultimamente tenemos el problema de los “piqueteros” que obstruyen puentes y caminos. La sociedad reacciona por su tono amenazante y las molestias que causan, aunque reconoce que detrás de ellos hay un problema grave sin resolver. Al igual que los “cacerolazos” de hace unos años, son manifestaciones más o menos violentas que se unen en la protesta pero que carecen de un contenido preciso. A lo sumo por la presión ejercida consiguen algunas conquistas sociales, que pronto son neutralizadas por otras medidas.
La historia nos presenta numerosas revoluciones, con sus secuelas de violencia y autoritarismo, muy bien inspiradas que, aun triunfantes, no lograron sus objetivos. Vayan como ejemplos la revolución francesa que desembocó en el imperio napoleónico y la restauración monárquica, o el comunismo soviético que, tras gobernar dictatorialmente durante más de 7 décadas, finalmente colapsó.
El progreso de la humanidad se debió fundamentalmente a procesos evolutivos, que rindieron frutos en la medida que perseveraron en sus objetivos. El lento avance hacia la democracia, si bien alterado muchas veces por revoluciones violentas, fue más el producto de ideales moderados que poco a poco ganaron la conciencia de los pueblos.
Las diferencias sociales siempre existieron, pero paradójicamente estas aumentaron con la civilización. Una mayor equidad en la distribución de las riquezas solo se logrará cuando haya una conciencia generalizada de que la pobreza y la marginalidad no son compatibles con nuestra cultura. Pero no con sistemas totalitarios que eliminan las libertades o con revoluciones que suelen llevar a dictaduras discrecionales. Tampoco con un excesivo intervencionismo estatal, generalmente ineficaz y que cae fácilmente en la demagogia o el populismo.
Sin perjuicio de resolver de inmediato los problemas urgentes de la pobreza extrema y la marginación social, debe buscarse otras soluciones, más evolutivas que revolucionarias. Europa occidental, especialmente los países nórdicos pueden señalarnos el camino. En nuestro país deberían reemplazarse los altos impuestos indirectos (como el I.V.A que pagan todos por igual pero que afecta mucho más a las clases más bajas) por impuestos directos (como los impuestos a las ganancias, al patrimonio o a la renta de la tierra, que recaen en las clases más altas). Volcando esos impuestos a la salud, la educación y obras sociales en general, se lograría una sociedad más equitativa. Cubiertas las necesidades básicas, la mayor educación permitiría a las clases postergadas mejorar sus ingresos en una suerte de círculo virtuoso.
Una medida aparentemente tan simple como cambiar los impuestos, puede tener un efecto enorme en la distribución de las riquezas, pero para que sea eficaz y no despierte resistencias insuperables, no debe aplicarse con criterio revolucionario sino ser el fruto de una evolución lenta pero constante, aunque necesite muchos años para alcanzar la meta propuesta.
Las personas en general aceptan su nivel patrimonial como natural y aspiran en lo posible a mejorarlo, pero se resisten fuertemente a cualquier quita compulsiva. Por lo tanto una redistribución efectiva solo puede lograrse si se aplica progresivamente “sin prisa y sin pausa, como la estrella” de tal manera que las modificaciones patrimoniales pasen desapercibidas y solo adquieran magnitud con el transcurso del tiempo. Claro que una evolución social basada en un esquema impositivo determinado, requiere que previamente se cree una conciencia firme sobre el cumplimiento de la ley en general y de los impuestos en particular. Igualmente se necesita de una reforma del Estado que ajuste sus gastos a las necesidades reales del pueblo y evite el populismo
El capitalismo genera riquezas que se reparten entre los distintos factores de acuerdo a normas establecidas que no necesariamente son las más equitativas. A causa de las situaciones monopólicas, condiciones especiales del mercado, limitación de las tierras disponibles, etc. se producen distorsiones que parecen naturales. Por lo tanto la redistribución de los ingresos por vía impositiva, que busca corregir esas situaciones anómalas, no debe considerarse como una dádiva sino como un reintegro de ingresos a las clases postergadas. Solo que no debe implementarse violentamente, sino que debe ser el fruto de una evolución lenta, pero firme y perseverante.
Mario A. Hertig
hertig@ciudad.com.ar

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