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Un espacio para reflexiones

lunes, 23 de agosto de 2010

Redistribución de las rentas


En los textos de economía se suele considerar que los factores productivos se clasifican de acuerdo a sus retribuciones en 4 grupos a saber: Tierra, Trabajo, Capital y Empresa, siendo sus remuneraciones la renta, el salario, el interés y el beneficio. En el rubro Trabajo se incluye a todas las personas que efectúen alguna actividad, sean obreros, empleados, directivos e incluso empresarios, en la medida que efectúen un trabajo y a su retribución se la denomina genéricamente salario. Al Capital le corresponde una remuneración llamada interés y la Empresa recibe una retribución denominada beneficio, que depende fundamentalmente del riesgo que asume el empresario. Por último tenemos el factor Tierra (libre de las mejoras realizadas por el hombre, que deben asimilarse a Capital) que en realidad es un don de la naturaleza, anterior a la actividad humana. La retribución que el propietario recibe por su tenencia (no por su trabajo, inversiones o riesgo), recibe el nombre de renta económica, que no debe confundirse con la acepción corriente de renta como producto de inversiones.

El pueblo judío, aproximadamente en el año 1300 AC, sale de Egipto y luego del éxodo por el desierto, conquista el territorio de Israel y reparte las tierras entre todo el pueblo. Como considera que la tierra es un don de Dios y en aras de evitar que se especule con la misma, establece el jubileo, que obligaba a devolver la tierra a su primitivo dueño o a sus herederos cada 50 años, según consta en la Biblia, en el libro Levítico, capítulo 25. Si bien no sabemos hasta que punto se cumplió esta regla, nos llama la atención que la propiedad de la tierra fuera privada (no comunitaria) y que se permitieran las transacciones entre los bienes en general, pero que se le diera un tratamiento especial a la tierra, a fin de evitar su acumulación en pocas manos, basándose en que la misma es un don de Dios.

Los fisiócratas, economistas liberales de la época de Luis XVI liderados por Quesney, consideraron que la tierra producía un excedente que denominaron “produit net” y estimaron que era el único factor al que se le debía aplicar impuestos. El economista inglés David Ricardo estudió en 1815 lo que denominó “renta diferencial” al considerar la diferencia de productividad de dos parcelas de tierra trabajadas en las mismas condiciones. Un ligero análisis nos muestra que aun considerando una única parcela aparece la renta. Un arrendatario, trabajando eficientemente una parcela, obtiene un ingreso que considera razonable para sí, más un plus que le permite abonar el arrendamiento. El valor del arrendamiento equivale a la renta de dicha parcela, que es distinta del interés del capital. El interés que reditúa un capital dado es igual a:

Interés = Capital x tasa de interés del mercado.

En cambio la tierra (libre de mejoras) no tiene un valor en si misma, pero su productividad y ubicación generan una renta que le permite al dueño capitalizarla a la tasa de interés del mercado y determinar su valor de venta. O sea que la renta obtenida es el dato y el valor de la parcela el resultado; La fórmula será ahora:

Valor tierra = Renta / tasa interés.

Si se aplica a la tierra un impuesto que absorba gran parte de la renta, el valor de la misma tenderá a disminuir considerablemente y se hará más accesible al campesino capaz, pero de poco recursos. Igualmente promoverá la venta de latifundios improductivos que se tornarán antieconómicos. La redistribución de tierras se lograría así sin expropiaciones o confiscaciones y se orientaría automáticamente hacia los productores más eficientes, aumentando la productividad del agro. Lógicamente este proceso se debería implementar progresivamente, pero “sin prisa y sin pausa como la estrella” de modo que las modificaciones patrimoniales pasen desapercibidas y solo adquieran magnitud con el transcurso del tiempo.

Economistas posteriores extendieron el concepto a las rentas derivadas de la ubicación, mejoras de infraestructura, urbanización, etc. Hacia 1880, el economista norteamericano Henry George propuso el impuesto único a la tierra libre de mejoras, a fin de absorber las renta y cubrir con ellas las necesidades del Estado, creando el movimiento georgista, de gran difusión en su momento. En nuestro país aunque con una finalidad distinta, Rivadavia implementó la enfiteusis cediendo tierras fiscales mediante el pago de un canon adecuado. El sistema se acercaba al impuesto a la renta de la tierra, pero fue desvirtuado por la disminución del canon y la entrega de tierras ganadas al indio y hacia 1860 desapareció.

Hoy se acepta que otras actividades reciben por razones especiales una mayor retribución que la corriente como en los casos de los monopolios, demandas extraordinarias, ganancias eventuales, mejoras de infraestructura, aptitudes especiales requeridas por la sociedad, etc. En general la renta aparece cuando el aumento de la demanda no puede ser satisfecho porque la oferta es inelástica (escasa). En realidad todos los factores productivos pueden recibir, en determinadas circunstancias, un plus similar a la renta de la tierra, que pueden capitalizar en la medida que la renta sea más o menos permanente.

Muchos economistas definen la renta como “el exceso de remuneración recibida por un factor por encima de lo necesario para mantenerlo en servicio”. Es decir por encima de lo que el propio factor admitiría como retribución razonable, si no se dieran las circunstancias especiales del mercado. Aceptando que la renta sea una retribución distinta del interés o del beneficio, la cuestión es determinar a quien le corresponde la misma

En un sistema comunista puro, el individuo recibe únicamente su salario, y los intereses, beneficios y rentas, considerados como plus valía, son apropiados por el Estado. En una economía dirigida, más o menos socializada, la retribución de los factores se modifica porque el Estado redistribuye sus remuneraciones con un cierto criterio social. La economía liberal clásica en cambio considera legítimo que los productores e inversores se apropien de los intereses, beneficios y rentas, aunque le preocupe los conflictos producidos por las grandes diferencias sociales.

Sin embargo, si definimos como economía liberal aquella cuyo marco jurídico garantiza una amplia libertad, con pocas regulaciones, simples y generales (no particulares o discriminatorias), podría incluir un sistema donde los factores productivos reciben libremente el producto de su actividad, sea salario, interés o beneficio, pero no las rentas que no necesariamente les corresponden.

Siendo las rentas excesos de remuneraciones recibidos por algunos factores, (sea la renta de la tierra libre de mejoras, las ganancias extraordinarias, la obtenida por un artista destacado, etc.), que se deben fundamentalmente a una valoración social, ese mayor valor pertenecería a la Sociedad y se justificaría su absorción por medio de impuestos, para posteriormente redistribuirlos en programes sociales de educación, vivienda o salud.

Siguiendo la tendencia de los países más avanzados, deberían disminuirse los impuestos indirectos (IVA, ingresos brutos, aduaneros) que son regresivos por transmitirse igualmente a todos los consumidores. En cambio deben incrementarse los impuestos directos (ganancias, bienes personales, renta potencial de la tierra) que tienden a absorber las rentas que reciben las clases de mayor nivel económico

Aplicando el producto de las rentas a programas sociales en beneficio de personas o de regiones de menores ingresos y utilizando reglas simples y generales propias del liberalismo, se podría conjugar un capitalismo liberal con una suerte de socialismo impositivo, donde se combinen eficiencia y equidad social. Muchos países europeos, sobretodo los nórdicos han avanzado en ese sentido.

Pero más allá de la solidaridad de los grupos comunitarios de ayuda, cuya obra es muy loable o la obligación del Estado de proteger a los más necesitados, existe un derecho de las clases o regiones de menor nivel económico de participar en la distribución de las rentas, dado que ellos contribuyen al incremento de la demanda que genera la renta. Con ese criterio se podría agregar al concepto de “Redistribución de los ingresos” el de “Reintegro de las rentas” No se trataría ya de ayudar al necesitado por solidaridad o equidad social sino de restituirle lo que por derecho le corresponde.

Mario A. Hertig

Hertig@ciudad.com.ar

Julio de 2008

martes, 10 de agosto de 2010

Jubilaciones II

Últimamente en el Congreso Nacional se inició el debate sobre las jubilaciones, expresándose el deseo de actualizarlas abonando el 82 % e indexando automáticamente los valores con el índice de inflación, pero surgen dudas sobre las posibilidades reales de abonar dichos montos con los recursos propios de Anses, sin apelar a rentas generales.

Aunque se utilizaran los fondos actuales de Anses únicamente para abonar jubilaciones y se pagaran jubilaciones a quienes no hicieron los aportes necesarios con fondos de rentas generales, la ecuación jubilatoria no cerraría con los parámetros actuales.

Es posible que sea políticamente inconveniente, pero no quedaría más remedio que ir modificando algunas de las variables que mencionamos en nuestro artículo anterior, como ser aumentar paulatinamente la edad jubilatoria a 70 años y exigir 40 años de aportes, claro está que estas variaciones deberían realizarse por etapas y considerando las situaciones especiales.

El aumento de los aportes patronales podría traer consecuencias negativas para la economía y el de los aportes personales implicaría una rebaja de los sueldos. En cambio es un hecho que la perspectiva de vida ha aumentado en los últimos años y una persona sana puede trabajar perfectamente hasta los 70 años, sobre todo en su especialidad y no hay razones para limitar los aportes a 30 años. Modificando progresivamente tanto la edad de jubilación como los años de aportes, es posible que se pueda llegar a un equilibrio entre ingresos y egresos de Anses que garantice el pago del 82 % que se desea y que se indexe automáticamente el valor con el índice de inflación.

Mario A. Hertig

hertig@ciudad.com.ar

Julio de 2010

domingo, 1 de agosto de 2010

De capítulos y versículos

La Biblia fue escrita originalmente en 2 idiomas, el Antiguo Testamento en hebreo (salvo algunos cortos pasajes en caldeo) y el Nuevo Testamento en griego. Se trataba de manuscritos, generalmente rollos de papiro escritos en forma corrida, prácticamente sin divisiones. Si bien no existen manuscritos originales se han encontrado miles de copias cuidadosamente realizadas, que debidamente cotejadas permiten conocer los textos originales. En un principio se los denominaba como las Escrituras y solo siglos después comenzó a denominársela como la Biblia, término proveniente del griego “biblion” que significaba libro.

Los manuscritos hebreos más antiguos del Antiguo Testamento conocidos son del siglo VIII DC y los griegos del Nuevo Testamento del IV DC. La Versión de los Setenta del Antiguo Testamento existente (que fue traducida al griego hacia el año 277 AC) es del siglo IV DC. Entre los manuscritos más antiguos podemos mencionar el Códice Vaticano, el Códice Sinaítico y el Códice Alejandrino. La Vulgata fue traducida por San Jerónimo al latín vulgar alrededor de 382 DC, y adoptada por el Concilio de Trento en 1546 como la versión oficial de la Iglesia Católica. El descubrimiento de los rollos del Mar Muerto en Qumram permitió tener la mayor parte del Antiguo Testamento, salvo el libro de Ester, en manuscritos del siglo II AC.

La Biblia en castellano más antigua que se conserva, anterior a la invención de la imprenta, es la Biblia Alfonsina traducida hacia 1260 por orden de Alfonso el Sabio, pero no tuvo mayor difusión. En 1543 aparece el Nuevo Testamento traducido por Francisco de Encinas, en 1556 el Nuevo Testamento traducido por Juan Pérez y finalmente en 1569 la Biblia del Oso de Casiodoro de Reina, que fue la primera Biblia completa impresa en castellano. Esta Biblia fue revisada por Cipriano de Valera, dando origen en 1602 a la Versión Reina-Valera, la única utilizada por los evangélicos de habla castellana durante muchos años.

Como se hacía difícil encontrar determinados pasajes Esteban Laugton (que llegó a ser arzobispo de Canterburry), en 1226 procedió a dividir los libros de la Biblia en capítulos. Gutemberg inventor de la imprenta, luego de imprimir el Misal de Constanza en 1449, publicó la Vulgata en 1456. La Biblia traducida por Lutero al alemán en 1530 estaba dividida solo en capítulos. Posteriormente el editor Robert Estiennes (influenciado por los estudiosos judíos llamados masoretas que dividían ya en los siglos IX y X el texto hebreo del Antiguo Testamento) en 1551 dividió la Biblia en capítulos y versículos. La primera Biblia impresa con capítulos y versículos fue la llamada Biblia de Ginebra publicada en Suiza en idioma inglés en 1560, en la que intervinieron Calvino y Knox. Pronto todas las traducciones de la Biblia aceptaron estas divisiones, que perduran hasta hoy.

La Biblia (sin incluir los libros deuterocanónicos), consta de 66 libros, 39 en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo. En total tiene 1189 capítulos, 929 en el Antiguo y 260 en el Nuevo Testamento, siendo el más corto el Salmo 117 con 2 versículos y el más largo el Salmo 119 con 176 versículos. Entre ambos se encuentra el salmo 118, que según algunos es el capítulo central de la Biblia. El total de versículos seria de 31.103, 23.145 en el Antiguo y 7.958 en el Nuevo Testamento (Estos valores pueden variar ligeramente `porque algunos versículos como Mateo 17:21 o 18:10 no se encuentran en todas las versiones).

El versículo central de la Biblia sería Salmo 118:9, cuyo número curiosamente coincide con el total de capítulos o sea 1189 y según versiones circulantes por Internet, estaría situado en el capítulo central de la Biblia el Salmo 118. Se trataría de una coincidencia extraordinaria, pero es fácil verificar en cualquiera de las versiones de la Biblia, que el capítulo central, o sea el capitulo número 595, es el Salmo 117 y no el 118. No sabemos a que se debe esa discrepancia, de cualquier modo la coincidencia permanece parcialmente entre el versículo central de la Biblia, Salmo 118:9 y el número total de capítulos 1189.

Sin embargo lo notable es el contenido de dicho versículo: Es mejor confiar en el Señor que confiar en los poderosos, que es uno de los mensajes centrales de la Biblia. Podría argumentarse que es más importante presentar el evangelio redentor de Jesús, en el cántico celestial anunciando al mundo la buena voluntad de Dios para con los hombres en Lucas 2:14, en la síntesis que representa Juan 3:16, Porque de tal manera amo Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el cree, no se pierda, más tenga vida eterna, o en la carta de Pablo en Efesios 2:8 Por gracia sois salvos por la fe, sin olvidar el Sermón del Monte y muchos otros versículos trascendentes.

Pero el hecho es que el Antiguo Testamento es más extenso que el Nuevo y por lo tanto el medio de la Biblia está en el Antiguo. Y el espíritu que campea en la mayor parte del Antiguo Testamento es precisamente la Confianza que el hombre debe poner en Dios, tal como lo expresa Salmo 118:9.

Mario A. Hertig

Hertig@ciudad.com.ar

Julio de 2010