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Un espacio para reflexiones

miércoles, 26 de mayo de 2010

Revolución o Evolución

Desde principios del siglo pasado se fue generalizando la idea de medir la producción total de bienes y servicios de una nación y los ingresos de sus habitantes por el Producto Bruto Nacional y su equivalente en términos numéricos, el Ingreso Nacional. Si dividimos ese valor global por el número de habitantes obtendremos el Ingreso Nacional per cápita que representa el nivel de vida promedio de la población. Pasando ese valor a dólares, podemos hacer comparaciones entre el nivel de vida de los distintos países. Por más que los criterios empleados se perfeccionen, los resultados distan de ser exactos, máxime si se pasan a dólares, porque el valor del dólar de cada país puede estar sobre-valuado o sub-valuado. A pesar de ello, es el mejor método para comparar el nivel de vida promedio de las naciones.

Sin embargo estos valores no nos dan una idea de la distribución de las riquezas entre los distintos estratos sociales. Hay países muy ricos con una pésima distribución y países pobres con una distribución aceptable. En general notamos que en los países más desarrollados, a la par que afirmaron el sistema democrático de gobierno, lograron una mejor distribución de las riquezas, o por lo menos que la franja más pobre de la población tenga un nivel razonable. Es difícil establecer una norma adecuada para medir la equidad de la distribución de las riquezas, pero continuamente se realizan estimaciones que a pesar de los diferentes criterios empleados, pueden darnos una idea bastante aceptable.

A principios del siglo pasado Argentina no solamente era un país con uno de los mejores niveles de vida del mundo, sino que las diferencias entre los estratos sociales no eran muy grandes. A ello se debió el torrente inmigratorio que buscó en esta tierra mejorar su nivel de vida paupérrimo, cosa que en general logró. Pero nuestro país no solamente ha quedado fuertemente relegado en las estadísticas de nivel general de vida sino que también se ha deteriorado en la distribución de las riquezas. Las llamadas villas de emergencia aumentan continuamente y la marginalidad ha alcanzado un nivel incompatible con una nación civilizada.

En realidad el problema de la inequidad en la distribución de las riquezas es mundial y a través del tiempo han aparecido numerosas propuestas como el anarquismo, el comunismo, el Estado benefactor, etc. Pero el problema subsiste y las manifestaciones de protesta aumentan.

Ultimamente tenemos el problema de los “piqueteros” que obstruyen puentes y caminos. La sociedad reacciona por su tono amenazante y las molestias que causan, aunque reconoce que detrás de ellos hay un problema grave sin resolver. Al igual que los “cacerolazos” de hace unos años, son manifestaciones más o menos violentas que se unen en la protesta pero que carecen de un contenido preciso. A lo sumo por la presión ejercida consiguen algunas conquistas sociales, que pronto son neutralizadas por otras medidas.

La historia nos presenta numerosas revoluciones, con sus secuelas de violencia y autoritarismo, muy bien inspiradas que, aun triunfantes, no lograron sus objetivos. Vayan como ejemplos la revolución francesa que desembocó en el imperio napoleónico y la restauración monárquica, o el comunismo soviético que, tras gobernar dictatorialmente durante más de 7 décadas, finalmente colapsó.

El progreso de la humanidad se debió fundamentalmente a procesos evolutivos, que rindieron frutos en la medida que perseveraron en sus objetivos. El lento avance hacia la democracia, si bien alterado muchas veces por revoluciones violentas, fue más el producto de ideales moderados que poco a poco ganaron la conciencia de los pueblos.

Las diferencias sociales siempre existieron, pero paradójicamente estas aumentaron con la civilización. Una mayor equidad en la distribución de las riquezas solo se logrará cuando haya una conciencia generalizada de que la pobreza y la marginalidad no son compatibles con nuestra cultura. Pero no con sistemas totalitarios que eliminan las libertades o con revoluciones que suelen llevar a dictaduras discrecionales. Tampoco con un excesivo intervencionismo estatal, generalmente ineficaz y que cae fácilmente en la demagogia o el populismo.

Sin perjuicio de resolver de inmediato los problemas urgentes de la pobreza extrema y la marginación social, debe buscarse otras soluciones, más evolutivas que revolucionarias. Europa occidental, especialmente los países nórdicos pueden señalarnos el camino. En nuestro país deberían reemplazarse los altos impuestos indirectos (como el I.V.A que pagan todos por igual pero que afecta mucho más a las clases más bajas) por impuestos directos (como los impuestos a las ganancias, al patrimonio o a la renta de la tierra, que recaen en las clases más altas). Volcando esos impuestos a la salud, la educación y obras sociales en general, se lograría una sociedad más equitativa. Cubiertas las necesidades básicas, la mayor educación permitiría a las clases postergadas mejorar sus ingresos en una suerte de círculo virtuoso.

Una medida aparentemente tan simple como cambiar los impuestos, puede tener un efecto enorme en la distribución de las riquezas, pero para que sea eficaz y no despierte resistencias insuperables, no debe aplicarse con criterio revolucionario sino ser el fruto de una evolución lenta pero constante, aunque necesite muchos años para alcanzar la meta propuesta.

Las personas en general aceptan su nivel patrimonial como natural y aspiran en lo posible a mejorarlo, pero se resisten fuertemente a cualquier quita compulsiva. Por lo tanto una redistribución efectiva solo puede lograrse si se aplica progresivamente “sin prisa y sin pausa, como la estrella” de tal manera que las modificaciones patrimoniales pasen desapercibidas y solo adquieran magnitud con el transcurso del tiempo. Claro que una evolución social basada en un esquema impositivo determinado, requiere que previamente se cree una conciencia firme sobre el cumplimiento de la ley en general y de los impuestos en particular. Igualmente se necesita de una reforma del Estado que ajuste sus gastos a las necesidades reales del pueblo y evite el populismo

El capitalismo genera riquezas que se reparten entre los distintos factores de acuerdo a normas establecidas que no necesariamente son las más equitativas. A causa de las situaciones monopólicas, condiciones especiales del mercado, limitación de las tierras disponibles, etc. se producen distorsiones que parecen naturales. Por lo tanto la redistribución de los ingresos por vía impositiva, que busca corregir esas situaciones anómalas, no debe considerarse como una dádiva sino como un reintegro de ingresos a las clases postergadas. Solo que no debe implementarse violentamente, sino que debe ser el fruto de una evolución lenta, pero firme y perseverante.

Mario A. Hertig

hertig@ciudad.com.ar

jueves, 20 de mayo de 2010

Jubilaciones

Para determinar el monto de las jubilaciones se utiliza una serie de variables como ser la cantidad de años en que se deben realizar aportes, el porcentaje del sueldo a aportar, la edad mínima para jubilarse, la probabilidad de vida de las personas, etc., llegándose a un valor que eventualmente podría cambiarse, modificando las variables mencionadas. Existe un consenso bastante generalizado que el monto jubilatorio debería ser igual al 82 % del sueldo promedio de lo últimos años, aunque ese porcentaje difícilmente se alcance.

Al crearse una Caja de jubilaciones es probable que las personas que estén en condiciones de jubilarse sean muy pocas con relación a los que se hallen trabajando y por lo tanto el total de los aportes jubilatorios sean muy superiores a las jubilaciones pagadas. Resulta entonces lógico que el Ente jubilatorio utilice el monto acumulado en inversiones seguras, para preservar el haber de los futuros jubilados.

Otro tanto podría decirse de las jubilaciones privadas donde se parte de la premisa de que los aportes jubilatorios siguen siendo propiedad de los aportantes y que incluso podrían pedir la devolución de dichos valores en lugar de acceder a la jubilación. Podría decirse que en esos casos donde se recibe lo que se aportó, existe en la relación entre aportes y jubilaciones un flujo pasado-futuro y que es razonable que el Ente jubilatorio invierta adecuadamente los fondos acumulados.

Pero no sucede lo mismo con las jubilaciones estatales comúnmente llamadas de reparto, cuando al cabo de varios años se llega a cierto equilibrio donde, si los cálculos se efectuaron adecuadamente, el total de aportes que se recibe en un momento dado sería equivalente al total de las jubilaciones que tendría que abonarse. En este caso el aportante no es dueño de ese dinero sino que adquiere un derecho a jubilarse en determinadas condiciones. Ahora el titular del dinero es el Ente jubilatorio, pero con la condición de abonar las jubilaciones en los valores pactados, que deberían ascender a un 82 %.

Si bien los cálculos del haber jubilatorio se efectúan sobre la base de los aportes realizados, el porcentaje a cobrar (que repetimos debería ser el 82 %), no debería depender del dinero depositado en el pasado por los jubilados, que podría haberse utilizado con otros fines, sino de los aportes actuales de los futuros jubilados. Es decir que ya no tendríamos un flujo pasado- futuro, sino un flujo presente-presente, intergeneracional, tanto recibe el Ente jubilatorio en aportes, tanto abona en jubilaciones. No tiene sentido decir que no se puede actualizar las jubilaciones porque las Cajas fueron esquilmadas en el pasado, salvo que se refiera al pago de retroactividades. El Ente jubilatorio debería utilizar la totalidad de los aportes recibidos en el presente en el pago de jubilaciones actualizadas, salvo una reserva adecuada y no utilizar los fondos en subsidios u otras inversiones.

La inflación es consecuencia de una perversa política económica que permite al Gobierno incrementar sus recursos. Las empresas se defienden de la misma incrementando los precios y los trabajadores reclamando aumentos de salario, pero los jubilados están indefensos. Por lo tanto la actualización de las jubilaciones de acuerdo a un índice adecuado debería efectuarse automáticamente; pero esa actualización debe incluir tanto los aumentos omitidos en los años pasados como la indexación por la inflación presente, sin necesidad de efectuar los numerosos juicios que hoy se encuentran en trámite, juicios que son muy onerosos, duran muchos años y crean una injusta desigualdad entre quienes logran un fallo favorable y quienes no están en condiciones de efectuar un juicio. La actualización de las jubilaciones es un acto de estricta justicia y es posible realizarla con los fondos existentes.

Mario A. Hertig hertig@ciudad.com.ar

jueves, 6 de mayo de 2010

Derechas e Izquierdas

Si bien los términos de Derecha e Izquierda se mencionaban en Oriente hacia el siglo VII, se supone que para designar las tendencias ideológicas en su acepción actual recién se usaron en la Revolución francesa. En efecto, en la Asamblea Nacional los girondinos, más conservadores, se ubicaban a la derecha, los moderados en el centro, y los jacobinos, más exaltados, a la izquierda.

Las ideas liberales de los revolucionarios de 1789 eran consideradas de avanzada y fueron difundidas por el mundo a través de las campañas napoleónicas. Aunque el liberalismo se refería fundamentalmente a la igualdad de oportunidades y a la igualdad ante la ley, incluía también las ideas económicas liberales heredadas de los fisiócratas. En la segunda mitad del siglo XIX con la aparición del socialismo utópico, del marxismo y del socialismo moderado, el liberalismo deja de ser de avanzada y es reemplazado por las reivindicaciones sociales, que ocupan el espectro izquierdista. En el siglo XX, a medida que los gobiernos se tornan más democráticos, van desapareciendo las monarquías absolutas pero paralelamente en algunos países se generan regímenes dictatoriales de distinto signo.

En ese entonces era fácil representar el espectro ideológico en forma lineal. A la derecha los grupos conservadores preocupados de mantener el statu-quo para defender su situación privilegiada, en el centro los partidos moderados que preferían reformas progresivas y a la izquierda los que pregonaban reivindicaciones sociales profundas. En general las derechas defendían la libertad económica y las izquierdas se inclinaban por una mayor intervención estatal. En la extrema derecha se ubicaban el fascismo y otras formas de dictaduras y en la extrema izquierda los socialismos revolucionarios como el comunismo. Curiosamente ambos extremos eran igualmente totalitarios.

Este enfoque aun es de uso corriente, pero algunos críticos lo consideran obsoleto porque la cuestión social ha calado hondo y hoy todos se ocupan de ella aunque no se haga mucho por resolverla. Los gobiernos conservadores tienen preocupaciones sociales, los socialistas aceptan las leyes del mercado y ambos una moderada intervención estatal. Por otra parte los regímenes parlamentarios, la representación proporcional e incluso el ballotage conducen a la formación de pequeños partidos políticos con ideas diversificadas que forman coaliciones de gobierno, donde el factor ideológico se diluye.

El término derecha ha sido anatematizado y son muy pocos los que se atreven a utilizarlo para sí. La izquierda si bien mantiene sus reivindicaciones sociales, se identifica más por sus ideas populistas, intervencionistas y anti-imperialistas. Quizá por ello el liberalismo prefiere ubicarse en la centro-derecha y el socialismo moderado en la centro-izquierda

Observando las naciones políticamente más evolucionadas notamos que tienen en común una serie de características que son independientes de las ideologías que sustentan. Estados Unidos prosperó por la gran estabilidad de sus instituciones y lo mismo ocurrió con la mayor parte de Europa después de la segunda guerra mundial. Otro tanto podría decirse de Canadá, Japón, Australia y Nueva Zelandia.

Todas ellas son naciones democráticas, donde se respeta la ley y las instituciones, la alternancia en el poder no modifica mayormente las condiciones económicas, existen políticas de Estado que se mantienen a través del tiempo, la acción social es más autentica y como consecuencia disminuyen las diferencias entre pobres y ricos, los trámites son en general más simples y los extremos ideológicos no gravitan mayormente. Sus gobiernos podrán ser más liberales o nacionalistas, privatistas o estatizantes, priorizar la seguridad y la libertad o bien la equidad social y el igualitarismo pero esas características solo serán matices dentro de una estabilidad general.

En cambio gran parte de los países de América, Asia y Africa tienen regímenes populistas o autoritarios, sean de derecha o izquierda, con políticas inestables, donde el respeto a la ley y a las instituciones es relativo, la acción social es clientelística o declamatoria, se evaden los impuestos, la corrupción suele ser grande, los gobernantes tratan de perpetuarse y los cambios son violentos.

Evidentemente la clasificación de las ideologías en derechas e izquierdas ya no representa adecuadamente la realidad como en el siglo pasado. Sería preferible agrupar las ideas políticas y los gobiernos de acuerdo a las consideraciones que hemos mencionado más arriba y que son hoy más importantes que ser de derecha o izquierda.

A modo de ejemplo citaremos los servicios públicos. En Estados Unidos suelen ser privados mientras que en Europa la mayor parte son estatales, pero ambos son igualmente eficientes. En nuestro país los servicios públicos originalmente privados se nacionalizaron, luego se los consideró ineficientes y se clamó por su privatización, se privatizaron pero no mejoraron, ahora se tiende a reestatizarlos sin tener en cuenta los altos costos que suponen los sucesivos cambios. Probablemente sea mejor que el Gobierno deje los servicios públicos como están, sean privados o estatales y se preocupen de controlarlos adecuadamente para que sean eficientes.

Por otra parte Chile, Uruguay y Brasil tienen gobiernos izquierdistas que se caracterizan por priorizar el orden y otras conductas atribuibles tradicionalmente a la derecha, en contraposición a otros países también izquierdistas, cuyos gobiernos populistas no logran solucionar el estigma de la pobreza

En una palabra, tendríamos por un lado a las naciones que enfatizan el orden, el respeto a la ley y a las instituciones, la alternancia en el poder, la estabilidad de las políticas de Estado, la acción social genuina, la transparencia de las gestiones, etc. en un grupo que podríamos denominar republicano y por otro a las naciones populistas, con gobiernos más o menos autoritarios o demagógicos, que practican una democracia imperfecta. Y los términos de derecha e izquierda solo representarían variantes dentro del esquema mencionado.

Mario A. Hertig

20/5/07